No sé si habrá sido el poco dormir o mi mal humor habitual. No sé si tenía que ver con la humedad o con las vueltas que había tenido que dar para poder acercarme al lugar sagrado. No, no voy a hablar de cosas escatológicas ni nada por el estilo, principalmente porque no se vincula con el problema en cuestión. Respiren tranquilos, no voy a botonear a todos los que escriben las puertas de los baños y que expresan frases amorosas (sin tener en cuenta el contexto) del tipo “Martín, sos el amor de mi vida” (nótese que no tiene nada que ver con mi amor por Palermo) o “mi novio quiere que haga (tal o cual) cosa y no sé qué hacer” (oración tan emo como desesperante). Lo mejor de todo es que uno observa con atención…¡y se entera de cada cosa!. Pero en fin, sé que este tema es más entretenido que el que traigo a colación (cuack), aunque creo que puede llegar a ser más interesante el que paso a desarrollar.
Como ya dije, por esas cosas de la vida, ingresé a un baño de un hospital público. No voy a cuestionar más que la infraestructura perfecta del mismo: Son tres…¿cómo se llaman?...pongámoles casilleros para que puedan imaginárselo bien (tienen puertas de chapa, así que puede ser… sino supóngase un biombo) donde su separación con la pared que encierra el cuarto debe ser de unos 40 centímetros, de modo que, para esperar para entrar, necesariamente tiene que hacerse una cola. Pero la cola debe ser de no más de dos personas, porque de lo contrario no cierra la puerta de ingreso.
Ahora bien, lo asombroso es que una vez adentro del baño propiamente dicho, cuando uno se sienta en el inodoro, con sus rodillas abre la puerta, ya que la separación que dista entre “el trono” y la puerta de chapa no supera los 20 centímetros. No quisiera pensar cómo podría estar cómoda una persona descompuesta o alguien con sobrepeso. Sinceramente, indigna que en un hospital se haya adoptado una infraestructura de este tipo. No voy a señalar cuál es el centro de salud, pero como le dijo Ricardo Fort a Matías Alé el año pasado, “al que le quede el guante, que se lo ponga”.
Aclaro, también, que es la primera vez que ingreso a ese baño puesto que el más concurrido estaba recibiendo su cotidiana dosis de asepsia (bueno…como cotidiana…no sé) mientras las empleadas charlaban sobre sus mensajes de textos (agrego aquí que mandaron a una embarazada al primer piso porque tenían que seguir conversando limpiando).
En fin, estas cosas me sacan. Pero lo mejor es esto (volvamos al baño de reducidas dimensiones):
Cuando salgo del antes definido casillero (que es ese cuadrado con inodoro), y mi madre ocupa mi lugar, había una mujer en el diminuto sector de lavado de manos. Me dice: “¡Ay, qué lindo día!”.
Yo: (con cara de pocker): “Sí”.
Mujer: “Se está poniendo lindo”.
Yo: (Con cara de “¿qué me va a pedir?”): “Sí, salió el sol bastante fuerte”.
Mujer: “¿No necesitás papel higiénico?”.
Yo: “No, gracias”.
Mujer: “Porque por una monedita te doy una hoja”.
Yo: “No, te agradezco, no lo necesito”.
Mujer: “Bueno. ¿Sabés que estoy resfriada?”.
Yo: “Ahh…sí es la época”.
Mujer: “Sí, por eso y para no contagiarme más, traigo esto”.
Y me muestra un envase de Sedal para cabellos lacios.
Mujer: “Olé”.
Yo (con cara de sentir olor): “Ah, sí”.
Mujer: “Mezclé detergente con Espadol. ¿Sé siente?. Lo puse acá porque es más chic” (Naaa, chic es una palabra que no podés usar en el baño).
Yo: “Sí, más o menos”. (En realidad eso tenía olor a…agua).
A todo esto, sale mi madre del baño.
Mujer a mi madre: “Te gustan los poemas”.
Mi madre (pensando en un NO rotundo, porque aunque es un poquito más emocional que yo, no nos van las zalamerías): “La verdad, no”.
Mujer: “Porque las chicas pueden dárselo a sus novios (como si fuese lícito tener varios), amantes y amigas. Por una moneda te lo llevás”.
Mi madre y yo: “No, la verdad, tengo que irme”.
Mujer: “Veo que estás de paso, venís de estudiar”.
Yo: “Sí”.
Mujer: “Bueno, no necesitás papel higiénico. ¿Y de cocina?”.
Yo: “No, te agradezco. Nos vemos”.
Y nos fuimos. Realmente me sacó. Comencé a darme cuenta de que la gente que me hace muchas preguntas seguidas o me habla cuando no quiero, se me vuelve muy densa. Y pensé: ¿A todos nos pasará lo mismo”. Y me respondí: “Si, si de las cuatro mujeres que entraron ninguna de dio una moneda”...



