Seguramente, todo comunicador coincidirá en que no hay nada más subjetivo que una definición de objetividad. Volver a debatir la cuestión sería caer en su propio círculo vicioso. Sin embargo, el dilema reaparece cuando se habla del término “verdad”, concepto en el que tienen injerencia el periodista, el público, el poder económico y las instituciones de gobierno.
Honestidad, buena fe, sinceridad, confianza y fidelidad. Estas expresiones se emparentan con la definición de verdad que la sociedad misma tiene asimilada. Pero las preguntas surgen cuando es el periodismo el que debe ir en búsqueda de ese tesoro tan preciado. Sin dudas, el principal problema está relacionado con la necesidad de encontrar información confiable, en estado magro. Tal como menciona Jorge Halperín en su libro Noticias del Poder, Buenas y malas artes del periodismo político, “casi todo el edificio del periodismo está sostenido en testimonios”, razón por la cual esa verdad que se persigue es muy relativa.
Para empezar, el filósofo uruguayo Pablo Da Silveyra entiende que los medios “son un poder en sí mismo y tienen la posibilidad enorme de conectarse con otras fuentes de poder”. Por eso, es falso que necesariamente actúen a favor o en contra de las instituciones políticas. “La prensa tiene que ser ese perro guardián de la ciudadanía”. Cuando –a la inversa- ejerce presión sobre un gobierno para que no tome decisiones legítimas porque el medio “está respondiendo a un grupo industrial, o a quien sea, está jugando en contra” de la sociedad. De este modo, el primer condicionamiento aparece dentro de la propia cocina de la información.
Al mismo tiempo, es ilusorio que el público busque solamente esa inmaculada verdad. La reacción de los lectores, oyentes y espectadores es muy compleja. Si bien los medios juegan un papel en la formación de los juicios personales y de la identidad, también son funcionales a la voluntad colectiva de ejercer una sanción.
Como destaca el semiólogo Eliseo Verón, se produce un “contrato de lectura” que asegura una mirada establecida de la realidad. El lector espera de un medio una determinada visión, para asentar su propia postura ideológica, cultural y de clase. Del mismo modo, la reacción de los receptores provoca cambios dentro de las propias redacciones, condicionando los alcances de ciertas verdades periodísticas. Así, en la etapa donde las nuevas tecnologías se incorporaron al sistema mediático, la opinión pública alienta o repudia con mayor énfasis a determinados tratamientos periodísticos, yendo muchas veces a contramano de la información oficial.
De este modo, el periodismo no se viste de Justicia, sino que construye una verdad a partir de los testimonios, los datos previos y lo que otros medios indican, con la delicadeza de, en el caso de los profesionales más responsables, contrastar las fuentes para poseer una información más cercana a eso que los testigos definen como real. Para ahondar un poco más, estas “verdades” son encontradas en pocas horas, acomodadas según la trascendencia que tengan en un contexto y distribuidas en un determinado formato.
“La verdad se desliza en el tiempo para adoptar nuevos rostros, ya que es el enunciado de un sujeto, por lo cual nunca dejará de ser subjetiva”, dice Halperín. Además de los sucesos que el autor enumera, hay un ejemplo más actual que en Argentina generó polémica: el caso Pomar. Durante 24 días se perfilaron conjeturas que incriminaron a un inocente. La familia, compuesta por la pareja y dos niñas, desapareció en noviembre de 2009 cuando se dirigía hacia Pergamino a bordo de un Fiat rojo. Con el correr de los días, los medios instalaron hipótesis que se referían a un asalto, un secuestro y a una fuga, al tiempo que periodistas de investigación especulaban con una historia oculta que demonizaba a Fernando, el padre de familia.
Además de vincularlo con negocios turbios, se giró la versión de un posible drama pasional, lo que convertía al hombre en una persona violenta que podría haber asesinado a su esposa y a sus hijas. Finalmente, el 8 de diciembre se encontró el auto destruido a la vera de la ruta 31, con los cuatro cadáveres en un avanzado estado de descomposición. Todas las hipótesis que marcaban negativamente a Fernando cayeron por su propio peso.
En esta ocasión, como en otras tantas, la verdad (que tiene un emisor y por ende es subjetiva) cambió. Es histórica con respecto a las grandes causas, aunque bastante efímera cuando se trata de casos construidos por los medios de comunicación, que apuestan a una información trivial y a un público fragmentado.



