“Cuando no se tiene el coraje de vivir como se piensa, se termina por pensar como se vive”…Victoria Ocampo

jueves 16 de junio de 2011

Guía práctica para esquivar a un gil

La palabra indicada sería “pelotudo”. Saben que no suelo utilizar estos calificativos, pero en realidad no hay otro que lo suplante. Pido disculpas a quienes lo entiendan como una grosería, mas en este caso el contexto lo amerita. Si lo notan demasiado extremo, pueden sustituirlo por gil, como titulé la nota, pero no sé si el efecto será el mismo. El que avisa no traiciona, o sí traiciona pero se limpia de culpa. En fin, la idea es esquivarlos. Sé que esto será una carga más y que me impedirá conseguir pareja en los próximos años, pero vale la pena. Al fin y al cabo, el que no se identifique me aplaudirá y posiblemente diga: “Esta mina me va”. Una nunca sabe…

Vayamos a lo necesario. Según mi postura, un hombre es pelotudo cuando:

1) Mira telenovelas y no lo asume. Es más, las califica de inservibles y denigra a quienes las consumen definiendo como “desviados” (palabra utilizada durante el Mundial 78’) a los hombres que siguen una tira.

2) Su imagen para mostrar en Facebook, Msn y/o Twitter es la de un auto, que encima no es el suyo, sino que es el que quisiera tener. Entre ellos, figuran descapotables y vehículos de películas.

3) Tiene un perro y le pone un nombre yanqui (esto es aceptable hasta los 20 años, después marca una cierta regresión inaceptable).

4) Se pasa horas frente al espejo moviéndose un rulito de aquí para allá. Como sea, la idiotez no distingue peinados.

5) Usa un aro y se muestra rudo (flaco, todo bien, pero el arito te resta virilidad). 

6) Dice que su ex es una trola porque decidió cortar la relación, aunque jamás cuenta los motivos originales y opta por reemplazarlos diciendo que él la dejó por “mala amante” e “interesada” (no me voy a jugar con otras palabrotas). 

7) Siempre quiere levantarse una mina aunque no sea ni el momento ni el lugar (publicitando estos hechos por redes sociales. Eso resta credibilidad, mínimamente no sean gansos).

8) Hace el intento de agradarle a una mujer exaltando sus virtudes. Mejor dicho, exaltando las virtudes que quiere tener, entre ellas la sinceridad (los hombres nunca son sinceros, sáquenselo de la cabeza. Si lo fueran, no nos harían felices), la inteligencia y la emotividad.

9) Suspende la cita con la chica que le gusta para encontrarse con sus amigos. Consejo: rompé el cascarón, eso se termina en la adolescencia. Si elegís la soledad, voltéate algún gato en un boliche y librate de culpa y cargo pero no embauques a nadie.

10) Contarle a “su chica” las gracias de sus amigos para eludir los compromisos. A mi gusto, es vomitivo.

11) Habla de lo bueno que tenían sus ex en el mejor momento de conquista. Un consejo más, muchachito: tomá otro camino porque le dejaste la libido por el piso. Lo más probable es que ya te empiece a ver como un verdadero pelotudo, con placa identificatoria y todo.

12) Jugarla de tímido. A las mujeres nos encanta que nos encaren, especialmente las que tenemos carácter. Queremos que nos dejen sin palabras y nos sonrojen. El hombre tímido puede generar dos interpretaciones: cobardía o falta de atracción. Las dos juegan en contra.

13) Contar públicamente todo lo que hace con la chica que le gusta. No hay mejor aditivo para el amor que el secreto de pareja. Viví la nefasta experiencia de que gente conocida me haga preguntas que su sola formulación develaba detalles íntimos. El pelotudo ya estaba identificado.

14) Es ley: arruga cuando una mujer lo avanza. Excepto que esté comprometido o que la joven sea poco apetecible, es inadmisible. Si la verseaste, bancate las consecuencias.

sábado 11 de junio de 2011

¿Menores o mayores? esa es la cuestión.

No me vengan a decir que las mujeres exitosas eligen a hombres más jóvenes como pareja para sentirse todavía más poderosas. Es decir, no está mal tenerlo en cuenta, pero a mis 23 años no puede traerme muchos beneficios. Es como, digamos, un dato al divino botón, que no me sirve de mucho ahora porque no soy exitosa ni tengo poder. Siempre me gustaron más grandes, no creo que un menor (menor que yo, digo, no menor de edad) me mueva la estantería. Bueno, a esta altura mi estantería está un poco frágil, lo que necesitaría sería que la hagan un poquitito más sólida.

Quien me trajo esa noticia me causó tanta incertidumbre como cuando se acerca tu amiga y te dice “no sabés, conseguí el chico perfecto para vos”. Y pensás: “Debe ser parecido a Kevin Costner. Ella sabe que me gusta. Tendrá los ojitos de Palermo, la simpatía y la frescura de Ismael Serrano, la ternura de Kuzniecka, los gestos de Mauricio Ochmann, el lomo de Malvino Salvador, la voz de Eduardo Aliverti o el carácter de Julián Weich…”. En fin, te pasa el nombre, lo buscás en Facebook y tiene el cabello de René Higuita, el cuerpo de Chilavert, se maquilla (algo absolutamente detestable en un hombre, según mi mirada), usa chupines, tiene un arito en la lengua, escribe frases célebres con faltas de ortografía y tiene la pasividad de Claudio María Domínguez. Listo, date cuenta de que no te estás expresando bien cuando contás qué te gusta de un hombre. De lo contrario, o tu amiga es envidiosa o condimenta las ensaladas con tequila.


Volviendo al tema, la típica relación de estas características es la de la mujer de 40 saliendo con un chico de 20 o 25, como mucho. En mi caso, no cerraría siquiera la lógica. Si vamos a las actrices argentinas, Andrea Politti le lleva a su esposo cuatro años. Yo, en poco, cumpliré 24 y uno de 19 o 20 está en el momento de ir a bailar, ponerse en pedo  (porque no se alcoholizan, se ponen en pedo), salir con varias minitas a la vez, manosearse en plena calle y hacer traqueotomías con cada beso. En esta etapa hacen su descubrimiento, al punto de no entender ni qué esperan para su vida: si ser médicos sin estudiar, tocar en una banda (todos sueñan con eso aunque no sepan ni las notas del Arroz con leche), ser tarjeteros para ver pibas semidesnudas o recorrer castings. A esa edad los hombres prácticamente están aprendiendo a hablar (salvo excepciones de pequeños muy maduros, políticamente formados y con muchas ganas de crecer, pero no hablaré de ellos porque cambiaría el sentido del post).

Florencia Peña le lleva dos años a Mariano Otero. Escuché muchos comentarios que dicen que él es un bombón y que ella parece mucho más grande. Pregunto: ¿y el amor, nadie piensa en eso? Me respondo: no, nadie se fija en lo que no se ve.

No entran en esta categoría las relaciones de Susana, Grace y Moria. Eso del sex toy es un instrumento muy berreta de septuagenarias con guita. Hablo de convivencia y de amor de verdad, uniones de pareja sólidas y no jueguitos.

A la vez, como mujer, creo que este tipo de cosas te llevan a ser decididamente insegura y celosa. Los hombres cambian y por lo general, salvo que su gusto se especialice en las mayores, a la larga terminan optando por una más joven. Nosotras nos arruinamos cuando tenemos hijos (es decir, nuestra piel se estira, posiblemente no descendamos rápidamente de peso y tengamos problemas ginecológicos y demás), tenemos que hacernos controles severos, nos nacen canas y no son seductoras como les pasa a ellos, nuestro cuerpo se modifica y nos salen las tan temidas arrugas. Y los hombres, siempre perfectos. La culpa de esto, por empezar, la tiene la naturaleza. ¿Quién la mandó a prepararnos hormonalmente de esta forma, a generarnos celulitis y a hacernos una piel tan flácida? Es obvio, tiene negociados con algún centro de estética.

Pero también hay uniones favorables: Araceli le llevaba un año al chueco y la verdad, hacían una pareja muy linda sin notarse la diferencia etaria. Claro, para eso deberíamos llegar a los 40 como Araceli, algo que es más complicado que pedirle a Tinelli que no sea baboso. Lo mismo pasa con Demi Moore y Ashton Kutcher, aunque la distancia es de 15 años.

El problema está cuando la diferencia se nota. Ahí todos salen a hablar, como si fuese un delito. ¿Quién nos entiende? Nos quejamos cuando las parejas se divorcian, pero cuando se inician escarbamos como locos…

Es así. No sé si las mujeres exitosas se enamorarán de los purretes. Por ahora no puedo hablar en primera persona porque me faltan dos cosas: tener éxito y un jovenzuelo que me quiera. Lo primero es una meta y lo segundo, solo lo sabe el destino.

PD: Si me mandan a este me hago pasar por una de 40.

miércoles 8 de junio de 2011

Días "D"

Como es de público conocimiento, me gusta abordar distintas cuestiones que hacen a nuestra vida cotidiana. En la medida de lo posible, no mando a nadie al frente, aunque muchos se sienten identificados porque los tomo como punto de partida. En este caso me gustaría (y lo voy a hacer) referirme a quienes se encargan de enchastrar con pesimismo las fechas definidas como “comerciales”.

Mi papá siempre me dice que para dar un presente no hace falta que sea el “día tal” ni el cumpleaños. Cualquier fecha es propicia, al tiempo que tampoco es obligatorio hacer un regalo en “X” momento porque lo indica el calendario. Acepto y asumo la idea.

Visto y considerando que los obsequios (no sé por qué)  han levantado la mano entre mis posibles temáticas para los post (uno de los últimos fue sobre la unicidad de las cosas, Borges, los libros y en fin…léanlo, sino no me conviene porque el esfuerzo mental sería facilongo), no me queda otra alternativa que hacerles caso.

Más allá de todo esto, los que ocupan las neuronas que en este momento me titilan son quienes, más que no prestarle tanta importancia, detestan fechas tales como el día del padre, de la madre (o de la familia, porque a las madres le sacaron el día y le encajaron el dicho de “el día de mamá es todos los días”, para que le puedas regalar un lindo lavarropas comprado en una importante tienda de electrodomésticos…), día del amigo, semana de la dulzura (devenidos ambos en mes para vender más), día de los enamorados, etcétera.

Me acuerdo que una compañera de clase, cuando San Valetín se acercaba en 2006, me dijo: “No aceptes ningún regalo, eso es totalmente yanqui”. ¡A la miércoles! Me quedé helada. De todos modos no era problema: no tenía novio ni enamorado. Salvo algún que otro buitre impresentable pero poco afortunado monetariamente.

Es más, ahora que lo pienso, en estos 23 años solamente recibí un regalo, pero fue a cambio de un beso que por supuesto no di. Esas eran buenas épocas y estaba el campo en  favorables condiciones como para hacerse la cocorita. Ahora las cosas cambiaron: ellos me piden el obsequio, se los doy y luego me esquivan el beso. La vida es dura o como dicen Fito y Baglietto, “la vida es una moneda”, así que puede ser que un lindo árbitro como Patricio Lousteau me de vuelta el cobre para que nuevamente mis encantos femeninos atraigan a seres de mejor índole.

Y así fue que nunca le hice caso a mi compañera, aunque tampoco recibí la tentativa de alguien para darme un regalo, o sea que pasó inadvertido. Además no estuve de novia en febrero. La culpa es mía, debería pensar con la calculadora y un almanaque al lado.

Al igual que ella, hay mucha gente que no acepta obsequios en estas fechas. Es más, de presentarse una con algún producto, se tocaría el orgullo promoviendo una ofensa descarada que te puede llevar a la puesta en ridículo. Frases como: “¿Qué hacés con eso? ¿no ves que hoy es un día comercial y los capitalistas lo hacen para que las personas poco lúcidas como vos corran a comprar lo que en lugar de estar con menor precio por abundancia de demanda, está más caro y así los consumidores se llevan todo, con una excusa nefasta y destinada a los trogloditas, a un monto mucho mayor que los demás días?…” y uff, después llegan los insultos. Esa parte sería muy entretenida, porque el sarcasmo a veces nos hace muy ocurrentes, pero no se adecúa a este sofisticado artículo. Por favor, mantengamos la cordura…o vayámosla a buscar.  

Pero paremos ahí: el día del cumpleaños de estas personas hay que acordarse materialmente de ellas sí o sí, sino te condenan. ¡Guarda! Se hacen los fifí y conocedores de leyes de mercado, publicidad y ventas, pero si dejaste pasar la fecha en la que nacieron, la ligás seguro. Son ellos los que te tiran, más que con la teoría, con la aguja hipodérmica sin reparo.

Es decir, no quieren que te acuerdes un poco en cada ocasión, sino que todas tus ganas de saludar con las manos llenas confluyan ese día. ¿Son materialistas? Obvio, quién no y estos más. Ocultan con un tatuaje comunista un capitalismo voraz.

Pero como dije en la ocasión anterior, esto se invisibiliza de la siguiente forma. Veamos un ejemplo: imaginá que vas llegando a la casa de tu amigo (me gusta ejemplificar con hombres, porque me acuerdo de algunos que podría poner en ridículo indirectamente…buejejeje) con un regalo. Pongámosle, una campera. No soy muy original para los regalos, no pidan tanto, además es una suposición, no se pongan quisquillosos. La campera muy bien envuelta y en una tentadora bolsa. Tocamos el timbre. Sale nuestro amigo, ansioso y nos saluda…mirando la bolsa. Es así, la vista nunca se controla, cuando la atención llama, sea escabroso, despampanante o promesa de placer, echamos un vistazo. Le damos el regalo, lo agarra y sin quitarle los ojos de encima dice: “No hacía falta” y en un tono de falso enojo, lanza un “no me tenés que hacer regalos a mí”.

En estos momentos, la bronca contenida debería brotar y salir una irónica respuesta como: “Si no te hago un regalo te quejás y me tildás de rata de alcantarilla, materialista inescrupuloso. Al final sos igual a los capitalistas que cuestionás por lucrar con los días comerciales, esas sanguijuelas que cuando la demanda aumenta, el precio no baja y a las taradúpidas como yo nos toca ir a comprarte esta campera insulsa, aburrida como la música que escuchás, a un costo mucho mayor porque a vos se te ocurrió nacer, justamente, un 21 de junio, que es cuando comienza el invierno y las prendas de temporada cuestan más que un anillo de Tiffany. Si no hacía falta regalo, dámelo que se lo doy a otro!!!”…

…Y ahí puede empezar una riña o bien, sonreír ambos y pasar a tomar o a comer algo. Porque siempre que hay fiesta, el invitado (especialmente si es periodista) va para ver qué puede manotear: comida, bebida, algún jarrón al pasar que se cayó en un bolsillo o algún amigo/a o familiar que sea accesible.

Entonces, en paralelo a los “hincharegalos”, están los “devorafiestas”. En algún lado quedarán los que van a visitarte para saber cómo la estás pasando, mientras les convides con pastel y les hables mal de los dos grupos anteriores, claro está.

martes 7 de junio de 2011

"Te podemos levantar un manolito o hacerte un buraco así de grande"

Estos momentos me ponen reflexiva. El día del periodista, instaurado así en conmemoración de la primera publicación de la Gazeta de Buenos Ayres, cuyo fundador era el gran Mariano Moreno (a quien muchos admiran, pero pocos siguen). Digo esto porque me resulta corrosivo que sea tan solo en esta fecha en la que muchos colegas que trabajan en multimedios o en medios dependientes de grandes corporaciones (económicas o gobiernos de turno), salgan al ruedo haciendo mención a la libertad de prensa, devenida en libertad de expresión.

“Esto de hablar de libertad de expresión tan solo por ser el día del periodista, traza en mi cabeza un paralelismo con las veces en las que agitamos la bandera nacional tan solo por ser 25 de mayo o 9 de julio...”, coloqué hoy en Facebook y por mensaje privado (extrañamente) varios colegas aplaudieron la ocurrencia.

Me parece, desde mi humilde lugar de cronista y redactora con poco más de tres años de experiencia y seis como estudiante de Comunicación Social, que estas cuestiones, más allá del medio en el que ejerzamos, están en nosotros mismos.

No se puede hablar de libertad cuando somos por momentos los censores de nuestra propia expresión. Tenemos miedo, no nos animamos siquiera a desarrollar la profesión. De antemano tenemos la respuesta, sabemos que nos van a dar un “no” como contestación cuando queramos publicar o difundir algo, entonces no lo hacemos. La experiencia demuestra que todo se puede decir, midiendo las formas y enseñándole al lector cómo leernos.

Terminémosla con la mentira de la objetividad y de la independencia periodística. Eso quedó en unos empolvados y amarillentos libros gruesos. Conocer el medio y el periodista nos hacen comprender el mensaje desde ese punto de vista. Cada persona es un mundo y la noticia es construida por una o varias y acondicionada por el contexto espaciotemporal. Hagamos ese contrato del que habla Verón (Eliseo, no La Bruja). No cerremos el debate ni pongamos punto final a los temas que nos interesen. Barajemos posibilidades, opciones, seamos ciudadanos partiendo de nuestro espacio de “público”. Busquemos, sepamos, analicemos, distingamos…metámonos.

En igual instancia, pienso que a veces, más que grabadores, los periodistas deberíamos andar por la calle con megáfonos que deben pasar de mano en mano, sin estacionarse en ninguna en particular y sin dejar de ser ese perro guardián que ahora está bastante mansito. Pero claro, es complicado. He participado de conversaciones en la que egresados de la carrera no encuentran empleo, ganan poco o buscan sacarse la grande: trabajar en un medio de renombre. Y me vuelvo a preguntar ¿eso es sacarse la grande? Hay que dividir las cosas. Como trabajo podemos definir al periodismo de una manera, pero como profesión u oficio según el caso, de otra. No hay urgencias. No necesariamente uno vive desde el comienzo de lo que quiere vivir. Hay que sortear obstáculos, pudrirse un poco, enojarse, amigarse, volver a querer con locura…en fin, enamorarse.

Me incomoda ver cómo quienes comienzan se desesperan por encontrar un trabajo sin valorar la carrera universitaria a la que accedieron. No quiero ser fatalista, pero cuando el tiempo pasa se nota la carencia de formación, de seguimiento académico. Por más que a veces pese, el apoyo solamente lo dan dos elementos: los libros y el lápiz. Me juego a decir que la base del periodismo es la gráfica.

Recuerdo que cuando recién comenzaba a estudiar, un profesor (al que aprecio mucho y que considero uno de mis impulsores para comenzar a ejercer) nos dijo a tres semanas de la primera cursada: “Chicos, primero tienen que leer. Así aprenderán a escribir. Es la única fórmula porque quien no sabe escribir, nunca sabrá hablar”. Esas palabras se marcaron como con yerra en mi cerebro, al punto de hacer caso omiso. Puedo certificar que su mensaje, con intenciones de ver crecer al alumno (algo que no es destacable en muchos docentes), marcó mi punto de partida y confirmo que el método surte efecto.

Comprendo. Creemos que el efecto es instantáneo. Si no nos miran, no nos leen o no nos escuchan, nuestra tarea ha sido en vano. Sin embargo, esto no significa que contar con una audiencia considerable sea garantía de estar haciendo un buen trabajo. Al periodista se lo puede elegir por ser comprometido con la sociedad, por dar buena información política, por ser un poco "cararrota", por expresarse de modo natural, por ser canchero, por ser dinámico, por tener un pasado oscuro, por tener llegada, por querer reivindicarse...no hay un criterio uniforme.

Pero ojo, no quiero pecar de soberbia, arrogante o egocéntrica. Tampoco crean que yo soy "la gran cosa", ni mucho menos. Es más, siempre me digo que trataré de, en mis mejores momentos, no crear esa certeza propia para tener la obligación de seguir creciendo como periodista, como profesional y como persona. Asumo aquella frase que dijo el actor Julio Chávez cuando recibió el premio Clarín por su papel en el unitario “Tratame Bien”: “Intento cada vez ser mejor obrero del oficio”.

De mi parte, planeo dar siempre lo mejor de mí, dando cuenta de lo que he aprendido y tomando lo que me van enseñando quienes están del otro lado del monitor, equipo de audio, pantalla o papel, además de lo que digan mis maestros, impulsores, mentores y seres queridos. ¡Ah! y prestándole atención a los comentarios a favor y a los en contra. Nunca lo olviden: quienes nos envidian, odian o simplemente tiran mala onda son quienes primero encuentran nuestros errores. Es una buena clave. ¿Un consejo? seas periodista, público o las dos cosas: siempre dudá. Como decía Peter Drucker: "Lo más importante de la comunicación es escuchar lo que no se dice".

Para cerrar, como es mi estilo, comparto esta joya:

domingo 5 de junio de 2011

A través del tiempo y del espacio


Reconozco que no tengo un lazo muy fuerte con el cine, pero quería volver ver a Orson Welles. Nunca supe qué me atrae de él, si es su personalidad, su mirada, sus exaltados pómulos o su risa (hablo en presente porque, como dijo el hombre de la triple P -Pier Paolo Pasolini- el cine o la realidad vista y oída en su acaecer siempre es en ese tiempo). Yo diría que pueden ser algunas de estas características o puede ser el todo. Al fin y al cabo, cuando a uno le gusta alguien nunca se enamora de una mínima parte, siempre tiene muchos rasgos para destacar y cada uno acompaña al otro. Es más, es muy probable que cuando nos pregunten “¿qué te gusta de él/ella?” respondamos “todo”, más allá que esa simple palabra no signifique nada para quién no nos conoce o signifique mucho y muy parcial en la cabecita del destinatario…

Pero yo quería conocer aún más a este actor y director despampanante. Me enteré que darían un especial y pasarían distintas películas en las que estuvo a la cabeza. Lo malo es que supe de esa transmisión justo el día que finalizaba, es decir que solo alcancé a tener la posibilidad de acceder al último film.

Era “El extraño”. Podría contar detalles, pero un hecho me lo impidió: me quedé dormida a los 15 minutos. Acepto que no soy buena para interpretar las películas subtituladas, pero con esta, a los siete minutos, me había amigado. Sus largos planos y diálogos pausados, hacían a mi comodidad. Welles volvía a sorprenderme y atraparme. Por lo que sé, gracias a los conductores del programa, es la primera película estadounidense que en 1946 trató a la Segunda Guerra Mundial y que alude a los campos de concentración nazis y al asesinato planificado. Fracaso de taquilla, un mundo hecho pedazos (una parte en realidad porque la crisis de unos siempre es oportunidad para otros) y un film del que Welles no pudo modificar nada a su gusto. Ahora pienso que no hay mayor autocensura que realizar algo por encargo porque la creatividad, que brota cuando uno menos lo espera, queda coartada. Es probable que cuando surja en paralelo, digamos: "Esto que se me ocurrió, lo voy a hacer en otro momento, en un proyecto propio quizás. Ahora termino lo que me mandaron y más adelante lo pienso". Después nos olvidamos, no tenemos tiempo (porque no quieren que lo tengamos) o se nos van las ganas y...chau inspiración.

Pero ese es otro cantar, volvamos al tema en cuestión. Dormida, me zambullí en la película, aunque cambié (o creo eso porque no continué viendo el film por mis propios medios) el desarrollo de la misma. La soñé muy argentina, con cosas cotidianas, con palabras muy nuestras aunque con acento norteamericano. Definitivamente, un berenjenal.

De todos modos, a lo que iba es a que no necesariamente nos alejamos de lo que puede provocarnos placer porque no lo sentimos, sino que a veces el cuerpo nos pide recuperarnos. Eso me pasó, tras un día muy cargado en el que había dormido muy poco y la atención que tanto se había fijado en la película, se puso en stand by. Sin embargo, volvió a prenderse en el sueño y siguió, a su manera, recreando el film en el inconsciente muy inconsciente que tengo. “El extraño” tiene ahora el mismo inicio, pero otro desarrollo y otro final en mi cabeza.

Algún día la veré realmente, lo que no quita que en mi interpretación se inmiscuya ese sueño. Es decir, estará la significación que el comendador pensó, la que Welles plasmó, la que me llegue, la que relacione y la que sea contaminada por mi imaginación. Observarla no será un problema, pero explicarla se volverá complejo.

Aunque…¿tan complejo? Pensándolo bien, para nada. Es el mismo ejercicio que siempre hacemos cuando vemos una película, una serie, leemos un libro o simplemente nos relacionamos con alguien o algo. En esta maraña de interpretaciones, haya un sueño o no de por medio, hemos aprendido a colocar cada vez mayores condicionantes. Las relaciones son cada vez más mediadas.

A veces me pregunto por qué será que en nuestra nueva era tememos a los encuentros cara a cara y optamos por llamar por teléfono o contactarnos por mensajes de texto o correos electrónicos. ¿Seremos un nuevo tipo de ser social, con un contacto impersonal pero contacto al fin? De considerarse así, sería comprensible que ya no aguantemos a nadie y que nos mostremos más amargados que antes cuando estamos en grupo con desconocidos, puesto que convivimos cada vez con menos personas. Las parejas no tienen piel, muchas veces porque no se “conocen”, no se experimentan. La mirada, el gesto, la caricia perdió valor. Hoy todo es mucho más rápido. El abrazo no contiene, solo es una señal de calidez que indica la posibilidad o no de concretar un acto sexual.

Sucede también que nos vamos alejando y nuestros contactos se hacen sin compromiso. Procuramos no unirnos, aunque tenemos un deseo imperioso de formar una familia. Es muy raro. Yo diría extraño. Porque aunque tratemos de ocultarlo, la rutina y la constante aceleración nos hacen perder las ganas. Es por eso que, para que no me quede nada en el tintero, me voy por ahí. ¿A establecer relaciones personalmente y con mayor compromiso? No, a dialogar con algún amable caballero que mediante chat me consiga una copia de esa gran película. ¿Y después? Y después vemos qué onda, quizás nos mandemos mensajitos mimosos y nos veamos mediante la web cam. Podría convertirse en el hombre de mi vida y amarnos hasta…¿?

En fin, basta de chácharas. Sé que a veces es difícil alejarse de lo que invade, de lo que envuelve, de lo que vacía de contenido a la contra y la integra, vistiéndola a la moda. Ahora tengo ganas de ver a Welles, un amor de otro espacio y de otro tiempo. Hoy puedo tenerlo todo (no olviden esta última palabra).

jueves 2 de junio de 2011

Uno

Hoy me puse a pensar en qué sería bueno que me regalara alguien que en un futuro sienta por mí algo más que "buena onda". Lo sé, el cariño no se demuestra materialmente, aunque a veces (muchas) entendemos lo contrario. Acaso, quién no dijo alguna vez: “Mirá este. Gasta un montón de plata en el auto que se compró y me viene a saludar con las manos vacías. Es un cararrota”. Perdón, confundí el verbo. Debería haber utilizado “pensó” en lugar de “dijo”, porque es poco frecuente hacer este tipo de reclamos tan descaradamente.

Quizás, se resbala a modo de chiste con alguien de confianza, pero va seguido de un “…estoy jodiendo” ya que genera incomodidad el ser captado como pedigüeño. En realidad volvamos: no es una vergüenza interior seguida de un sentimiento implacable de culpa, sino de una molestia por lo que pueda pensar el otro. Es como la timidez. El materialismo es algo poco favorable para la imagen de una persona, aunque está enraizado en nuestro ser y de vez en cuando estalla.

Pero en fin, yo pensaba en un regalo. En uno solo, aunque si podían ser más, pero en momentos distintos, no tenía motivos para ofenderme siempre y cuando ese interés del que antes se habló, no se suscite de la otra parte. Es que esto es como la persona que habla de un tema incómodo ante alguien al que le tiene poca confianza. Seguramente, tras un pequeño monólogo, diga “y aquí se acabó el tema”, intentando cerrar una conversación…que tiene final abierto. Eso no es más que un indicio para que el receptor pregunte. Necesita que los demás muestren  que están poniendo atención a lo que está narrando. De lo contrario, ¿qué tendría de importante contar algo con tanto misterio? O trayéndolo aún más, sucede lo mismo cuando el hombre que sabés que le gustás, te dice: “Yo soy feo, ¿quién me va a dar bola?”, mientras vos te lo querés comer crudo y le vas a repetir hasta el hartazgo cuán hermoso te parece. 

Y ese regalo otra vez. ¿Cuál sería? ¿Qué quería? ¿Qué sensación esperaba experimentar? Porque no todos los regalos son iguales. Por ejemplo, no produce lo mismo un bombón (y aquí me refiero a los de chocolate, no a los de carne y hueso) que una joya. Entonces pensé en algo que me provocara regocijo. Me dije, “quizás podría ser un libro, de un escritor que me maraville”. Mi máximo referente es Jorge Luis Borges. Un libro de su autoría sería para mí un obsequio ideal.

Lo empecé a imaginar: un hombre, vestido de traje, muy elegante, se acercaba a mí, me besaba, me hacía ingresar a una atmósfera romántica donde sólo respirábamos nuestros perfumes. Allí me daba el regalo, envuelto en un papel rojo (uno de mis colores preferidos). La forma era perfecta y se adecuaba a los cinco sentidos (porque en mis sueños, las reglas del juego las pongo yo). No podía ser otra cosa (porque era mi sueño) que ese libro tan querido que convirtió al autor en parte de mi propia vida.

Pausé la escena y ahí pensé en qué libro podría ser. “Historia universal de la infamia” (sin obviar el título) es mi obra favorita, a la que releo cuando mis neuronas necesitan regocijarse y descansar de los rodeos cotidianos. Subiendo nuevamente el escalón a la imaginación, me acuerdo que rompía el papel (porque la tradición nos enseñó que hay que seguir este ritual para recibir más obsequios) y aparecía ese volumen. Sellábamos el sueño con un gran beso. Nos quedábamos conversando. Yo no soltaba ese tesoro.

Ahora tenía dos. Un “Historia universal de la infamia” con casi siete años, de tapa bordó y tercer volumen de una colección de un reconocido matutino, que fue muy difícil comprar por la situación financiera del momento, pero que mi papá juntó peso por peso para que yo la tuviera. Recuerdo que en mi adolescencia solo sabía que Borges había sido un hombre importante para la literatura, pero no tenía idea de la razón, como sucede con muchas cosas para las que tenemos una respuesta veloz. El paso del tiempo nos enseña que hay que desconfiar de la instantaneidad porque responde a un estereotipo, de las preguntas retóricas porque nos hacen mover en círculo y de todo lo que nos deja sin dudas. Es preferible pedir disculpas por ser “mal pensado” que buscar venganza por las veces que desconsolados asistimos al encuentro entre la mentira del otro y nuestra buena fe. Y ahora también tenía la lujosa obra que me había entregado un hombre al que, aparentemente, amaba con locura.

La pregunta es ahora más difícil de responder: si soy asidua lectora de esa majestuosa lección borgiana, ¿en cuál de los dos soportes (por decirlo de alguna forma) la leería? ¿En mi añorado tercer volumen de la colección o en el novedoso obsequio del elegante hombre? Lo fantástico era que tenía dos vías para llegar a lo mismo y en caso de que una se perdiera, rompiera o algo por el estilo, me quedaba la otra de “repuesto”.

Bien dicho. Es repuesto y nada más. Ya no tiene nada de esplendor porque cambió mi forma de concentración, mi punto de vista, mi predisposición, porque el soporte de lectura puede variar pero el texto y  la sensación serán iguales.

El interés surge cuando hay unicidad y se va cuando hay dobles, triples, o más copias. Se esfuma la importancia de un acto cuando se repite (sin hacer referencia a la pérdida del aura de la que hablaba Walter Benjamin, aunque podría trazar un paralelismo). Para ser más simple, pensemos esto:  ¿cuántas veces, cuando nos hicieron comparar a dos personas según el cariño que le teníamos, respondimos que “son amores diferentes”? Esto es lo mismo. No todo se quiere de la misma forma, porque el amor se distingue de los demás sentimientos por ser único. Si tuviéramos varias sensaciones  iguales, perderíamos el entusiasmo de amar o mejor dicho, ya no sería amor. ¿Para qué quería dos libros idénticos? Si hasta se volvería contraproducente. Uno no valora lo que tiene en exceso. Por eso come lento el último pedazo de chocolate, para saborearlo, sabiendo que se termina y que no lo volveré a sentir hasta que compre otro, pero eso demanda un esfuerzo extra. 

No hay nada más lindo en la vida que buscar lo disímil, lo opuesto, lo extraño. Experimentar lo distinto nos borra los miedos y nos aviva el asombro. Por eso, es importante tomarnos un tiempo y pensar qué es lo que queremos, al margen de los regalos. La elección ideal debería tener que ver con ir por lo no explorado, lo que requiere de indagación. Si realmente las mejores cosas no se buscan, sino que se encuentran, todas ellas deben estar de ese lado que nuestras vidas no conocen.



Feng Shui en nuestra habitación

A partir de la instauración de la república, el feng shui (junto con otras prácticas tradicionales de la cultura china) fue prácticamente prohibido y es así que los centros actuales de difusión del feng shui no se encuentran en China sino en Hong Kong, Taiwán y Malasia. En la última década el feng shui se ha popularizado enormemente y su práctica y enseñanza se ha extendido por casi todo el mundo.

Feng Shui en el dormitorio

Para lograr la armonía en una zona tan importante de nuestra casa se deben seguir las siguientes pautas del feng shui.

La cama debe estar orientada hacia el norte y nunca debe estar bajo una ventana o delante de una puerta, al dormir los pies deben estar apuntando hacia el otro lado de ventanas o puertas, procure que no hayan corrientes de aire, evada las vigas que se encuentran sobre la cama.
Los muebles deben ser con bordes redondos, la cama debe ser preferentemente de madera con una única base, procure que la cama sea lo más alta posible con una cabecera fuerte y maciza.
Los elementos de decoración deben ser en tonos amarillos o marrones y en lo posible de porcelana y también pequeños adornos de metal.
Los mejores pisos son los de madera con alfombras de lana, los almohadones deben ser del mismo material que las alfombras y las sabanas de seda para favorecer el amor y para desarrollar la creatividad en lugar de lana y seda se debe utilizar lino o algodón.
En frente a la cama mirando hacia usted instale objetos que se relacionen con la pareja, la luz debe ser lo mas tenue posible y que no de directo en la cama.

Evite tener: artículos tecnológicos, flores y plantas, cuadros arriba de la cabecera de la cama, en una mesa redonda ubicada hacia el suroeste colocar una foto de los integrantes de la pareja esta pueden estar juntos o separados, ropa que no utiliza en el ropero y espejos colgados.
Los colores para utilizar en el dormitorio deben ser suaves, en azul, salmón, marrón, y rosado.

La iluminación con tubos fluorescente :

No es recomendada por que debilitan el Chi del lugar y él de las personas que trabajan en ese ambiente. Los tubos fluorescentes emiten solo parte del espectro luminoso. Una solución es añadir o reemplazarla totalmente con bombillas que emitan todo el espectro de luz. En una zona donde su permanencia es muy larga es mejor reemplazar la luz fluorescente por luz halógena o incandescente.


En el hogar se debe combinar distintos tipos de luz, directas, indirectas, suaves y fuertes.

La iluminación indirecta:
Las lámparas de pie son ideales en ambientes con techos bajos y hacen que el Chi ascienda hacia lo alto.

Las bombillas o focos:
Las bombillas o los focos activan el Chi y sirven para iluminar un sector en particular de la estancia.

Las luces incandescentes:
Las luces halógenas o incandescentes estimulan la energía Chi porque emanan luz uniforme.

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